Opinión

Una oda oculta en El Principito

Por: Miguel Alejandro Hayes Martínez

Sin miedo a ser cursi o infantil, me atrevo a afirmar que mi libro preferido es El Principito. Conozco la prosa del Gabo, la punta del iceberg de Hemingway, a Marc Twain, a London, pero El Principito tiene algo especial: fue el primer libro que leí.

Desde entonces, hace ya casi 15 años, leo y releo como quien lo hace por primera vez. Sé que en cada encuentro hay nuevos mensajes antes pasé por alto. Descubrir un nuevo libro adentro es lo que más disfruto.

En una lectura reciente, de esas que se hacen por necesidad, algo que me llamó mi atención. Lo comenté con par de amigos, y me dijeron que estaba loco.

En cambio, poco después conocí a una muchacha cuyo libro preferido era, y sigue siendo, El Principito. Se lo conté a ella también. Me creyó, pero no le pareció relevante, porque ese tipo de temas no captaban su atención. Pero yo seguía pensando que lo que yo había visto, sí era importante.

Piensa conmigo que ese libro de adultos escrito en lenguaje de niños, tiene un mensaje político.

Recuerda cuando el principito hizo su recorrido por todos los planetas. ¿Cuál fue el único habitante que le agradó? El farolero. Se trataba del único hombre que, aunque el Principito no podía entender bien, porque hacía algo sin sentido, era por el bien de los demás.

Antoine, el autor, había conocido la poderosa nación de desempleo 0, analfabetismo 0 y electrificada de la nada, que  había inspirado a Keynes (aunque no lo reconoció) a elaborar sus políticas económicas. Esa nación ya no existe.

Quizá por ahí venga la simpatía del pequeño protagonista, y lo que eso representa, por ese hombre de bufanda roja que trabaja porque “esa es la consigna”.

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